Polilla y mariposa

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La escritura de Clarice Lispector quebró la manera en que se concebía la narrativa en Brasil, que en los años 40, cuando hace su debut con la novela Perto do Coração Selvagem (publicada a sus 24 años), aún no se había sacudidola linealidad decimonónica. Aunque, seamos sinceros, la linealidad decimonónica siempre revolotea, como una polilla persistente.

Desde sus primeras obras Clarice llama la atención de la crítica y sus pares, sorprendidos por esta joven que desafiaba los límites de lo decible. Su camino fue una búsqueda incesante de nuevos territorios narrativos, emparentados con el lirismo y la introspección en diálogo rizomático con el espacio y el tiempo. Ella va más allá del acontecimiento, de la sucesión lineal de hechos que los fundadores de la literatura nacional y sus continuadores erigieron como base de cemento de la historia propia (característica compartida por las jóvenes naciones latinoamericanas y sus necesidades fundacionales).

Clarice demolió el muro y con los fragmentos concibió una nueva forma de decir, personalísima y a su vez universal, porque a través de su escritura ella busca captar aquello que va más allá de las palabras.

Clarice, en todo caso, fundó una no-patria, borró los límites, porque concibió la vida como un fenómeno en continua fuga, del que ella decribe el perfume, la estela, con la angustia de que el aroma durará menos que un suspiro, pero la certeza de que es el rastro de un misterio infinito. Ella es como una detective existencial del cosmos, que juega a reconstruirlo a partir de lo inasible.

Ella buscó incesantemente describir el «instante-ya», la esencia fugitiva del universo, y para eso ensanchó desde dentro los límites de la prosa. À visão beatífica, la llamaba, pero aclarando: no se trata religión.

Su tercera novela, Ciudad sitiada, se centra en Lucrecia, una mujer que solo concibe la realidad a través de los objetos: los adornos de su casa, los sonidos de la ciudad, los automóviles y los caballos cada vez menos presentes a causa del «progreso». Los hechos que «suceden» son secundarios, y el protagonismo en esta novela lo toma lo que suele estar en segundo plano, la propia ciudad (São Geraldo), sus objetos, y las impresiones de personajes intermitentes, que acuden en función del flujo fragmentario de lo narrativo y no de su peripecia, a veces sin relación con Lucrecia, que más que personaje es un médium, un cristal sensible a la luz de lo cotidiano.

Pero había una gloria que hasta entonces nunca se había alcanzado. Indivisible por los habitantes. Si ocurría un asesinato, era São Geraldo quien había asesinado. Nunca las cosas habían pertenecido tanto a las cosas. Había saltado un resorte, y la ciudad era un crimen. "Esta ciudad es mía, pensó la mujer. Cómo pesaba".

Adentrarse en la literatura de Clarice implica sintonizar con otro canal, y habitar por un momento (con todo lo que implica) la tensión cruda de nuestra existencia, que subyace bajo la anestesia de la organización de nuestras vidas, entregadas a un orden racional post-industrial, devenido en capitalismo tardío.

Adentrarse en la literatura de Clarice es una aventura en la que cada mota de polvo que se interpone con la luz es pasible de ser tratada como un diamante.

Nuestros ojos humanos contienen dos tipos de fotorreceptores, llamados bastones y conos. Los bastones nos permiten percibir el movimiento y la luz, y los conos nos permiten percibir los colores. Tenemos tres tipos de conos receptores de color: verde, azul y rojo. Las combinaciones de estos tres dan como resultado la extensa gama de colores (y sus matices) con el que vemos el mundo. Los perros tienen solo dos tipos de conos: verde y azul: entonces ven estos dos colores y un poco de amarillo.

Hay un ser que tiene más conos de color que los humanos: la mariposa. Tiene dos más, para ser precisos, que son imposibles de describir para una persona porque no los podemos percibir. Un perro se pierde el rojo, y nosotros nos perdemos dos vacantes (y sus combinaciones), que nunca nos animamos a bautizar porque no las hemos visto.

Para mí, Clarice es una mariposa.




(*) Ilustración: Clarice Lispector por Andrés Olveira


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Andrés Olveira está compuesto de carbono. Además de eso, es uno de los pocos bibliotecarios que aún no se han extinguido luego de la caída de aquel meteorito; tuvo un pasado rockero y actualmente dedica gran parte de sus horas a escribir, leer, y dejarse crecer el bigote hasta recortárselo con imperfecta simetría. Notas de Andrés

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