Anfibias - Anahí Flores

La búsqueda de la belleza física llevada al extremo y el encuentro brutal con seres que han llegado más allá en ese camino, en este texto de Anahí Flores, publicado en el libro "Criaturas", editado por Alto Pogo
Anfibias - Anahí Flores   - Narrativa - Cuentos - Lecturas - Leer en cuarentena - Convocatoria trenINSOMNE 2020 -

No te preocupes, la sensación de ahogo pasa. Si dejaras de forcejear tanto te agitarías menos.

No sé vos, pero yo, desde que llegué al spa, vi que algo raro había. Para empezar, me perdí en la explicación de la recepcionista. Me llevó al vestuario y, mientras me señalaba dónde podía cambiarme y dejar mis cosas, empezó con que primero me diera una ducha, después fuera al hidromasaje, otra ducha. Ahí arrancó con lo del orden correcto de los saunas como si fuera la clave de una caja fuerte: tantos minutos en el finlandés, tantos en el baño turco, ducha obligatoria entre uno y otro, y mencionó unas cuatro variantes más de sauna. El último era, como ya sabés, la puerta de metal por la que acabás de pasar. Dijo que era importante dejar este para el final. Que la temperatura era muy alta. Incluso que tal vez sería mejor que lo salteara. También dijo que para el masaje ella iba a ir a buscarme, que calculara más o menos una hora. Podía pedir un licuado cuando quisiera. Hablaba mirando el suelo y sin pausas. Me miró al decir lo del licuado, como si hubiera querido advertirme algo. Eso, y que llevara una chalina ajustada al cuello en pleno verano, debería haberme llamado la atención, pero lo dejé pasar. Le pregunté, me acuerdo, si había algún cartel ayuda memoria con toda esa información de la que ya me había olvidado. Se rio y se fue, moviendo la cabeza.

Ya eran las cinco y mis amigas no llegaban. Salí del vestuario decidida a empezar sola. La recepcionista tenía la chalina desatada y se abanicaba. Al verme se la acomodó como si la hubiera sorprendido desnuda. Me pareció ver una piel suelta y rosa que le salía del cuello y que escondió con rapidez bajo la tela. Le pedí que, cuando aparecieran mis amigas, les avisara que las esperaba en el hidromasaje. Me fui segura de que sería alguna cicatriz o mancha que la avergonzaba.

Gran desilusión al entrar a la sala del hidromasaje. Habrás notado que en las fotos del site se lo ve tamaño pileta olímpica, pero no pasa de una bañadera. Me metí. Desde el agua, vi la fila de puertas de los saunas, que terminaban en nuestra puerta.

Al rato, el agua se fue llenando de otras señoras tan gordas como era yo, como vos sos ahora. Perdón si te estoy agarrando demasiado fuerte. Sí, mejor no te muevas más.

Me dio repulsión. Imaginé la grasa disolviéndose entre las burbujas calientes. Imaginé que alguna hacía pipí. Si bien eran tan inmensas como yo, en mi interior siempre me sentí esbelta. De alguna forma la que soy hoy ya estaba dentro de mí. Las cosas no ocurren por azar, acordate de lo que te digo. Me dio asco y bronca pensar que habían contaminado el agua con ellas mismas. Me fui de la bañadera, aunque antes les dejé un breve, inocente pipí de despedida en el agua.

Miré todas las puertas de los saunas. Eran seis, ¿no? Ya había decidido que iría directo a la última puerta, la que prometía un sauna más fuerte. La recepcionista, que iba y venía por el spa, se había dado cuenta y no me sacaba los ojos de encima. Eso también debería haberme alertado. ¿Por qué esa obsesión con el orden correcto de los saunas? ¿No te lo preguntaste? Una de las gordas del hidromasaje le pidió un licuado y no le quedó otra que ir a buscárselo al bar. Pero antes de irse me miró y señaló la puerta del primer sauna. Aproveché que no me vigilaba nadie y me metí en la última puerta.

Al entrar al sauna me deslumbró lo inmenso que es, ¿a vos no? El techo es tan alto que se pierde en el vapor. Ideal para una fiesta. Hacia los costados veía las paredes, pero me era imposible calcular dónde quedaba el fondo. Caminé despacio, casi nadando en el vapor. A los pocos metros vi un grupo de mujeres donde estamos nosotras ahora. Pensé, me acuerdo, que este sería el fondo del sauna. Pero no: acá estamos más o menos en la mitad. A esa altura ya tenía una sensación de mareo y estaba bañada en sudor. Tal vez la recepcionista tuviera razón al insistir en que comenzara con un sauna más suave. Intenté recordar cuántos minutos me había dicho que podía quedarme en este. ¿Tres, cinco? Las mujeres se dividían en dos grupos: las gordas y en bikini, que parecían tan mareadas como yo, y otras más ágiles, sobre todo ágiles y delgadas. Y desnudas. La sensación de alarma llegó tarde. De pronto me dije que tenía que apartarme de ahí, pensé que al menos debería acercarme a la puerta por si mis amigas entraban. Vos te parecés a una de ellas, ¿te lo dije? Pensé todo eso, pero estaba demasiado lenta y cuando empecé a planear dar un paso hacia atrás, dos manos me agarraron de los rollos de la cintura. Quedé de espaldas a mi captora. Era Marina, pero yo qué sabía. En ese momento no la conocía ni se presentó. A propósito, mi nombre es Constanza. Podés llamarme Coni.

No había nada que pudiera hacer, estaba presa. Marina tenía el pulso firme y a mí casi no me quedaban fuerzas para mantenerme en pie. Me puse a mirar la escena de las mujeres como quien mira un show: las gordas entregaron unos vasos con licuado a las desnudas, y luego se fueron lo más rápido que pudieron. Al intentar correr dentro del sauna, se tropezaron y resbalaron entre sí, como chanchos enmantecados, y formaron una montaña de señoras. Muchos pies y manos salían de la montaña y parecían banderitas agitándose al viento. La escena era cómica y yo, olvidada de mi situación, me reí con el grupo de las mujeres desnudas.

Marina fue directo al grano. Me preguntó dónde estaban mis amigas. Dijo que ellas podrían salvarme pagando el rescate con licuados. Hasta entonces, iba a quedarme de rehén. En el fondo, pienso que Marina sabía que yo estaba sola.

Podría haberme asustado. Podría haber reclamado o pedido más explicaciones, pero estaba cómoda en sus manos húmedas. Me sentía segura y hasta feliz de no tener obligaciones: ella había dejado claro que yo era una rehén. Pasamos la tarde viendo otros grupos de mujeres gordas que entraban hablando alto y a las carcajadas, hasta darse cuenta de que una de ellas, por lo general la más distraída o débil, era capturada. Entonces venía un instante de pánico general, algunos gritos agudos. Enseguida se les explicaba la situación y allá se iban todas a buscar los licuados con la recepcionista. Volvían a los pocos minutos, entregaban los vasos llenos, a veces se derramaba alguno, y se iban corriendo con la rehén recién liberada que, por lo general, se largaba a llorar. Las lágrimas se confundían con las gotas de sudor. La mayoría de las veces tropezaban y todas nos reíamos mientras las amigas de Marina y la propia Marina se tomaban los licuados. Debe haber sido hacia las ocho de la noche, cuando era claro que nadie vendría por mí y que ya estaba en estado de deshidratación, que Marina me dio un licuado de durazno y banana. Me lo bajé en pocos segundos mientras ella me miraba como quien mira a un niño que recién empieza a comer solo. Dijo que tenía que aprender a dosificar el líquido y, por primera vez, aflojó la presión de sus manos en mi cintura. Y por primera vez, también, me di vuelta y vi esas branquias rosadas que le salen del cuello. Eran iguales a las que la recepcionista oculta con la chalina. Sigue usando la chalina, ¿no? No tuve fuerzas para decir nada y ella, a pesar de que vio mi gesto de espanto, no se dio por aludida. Me llevó hacia el fondo, al lugar que llamamos “dormitorio”, aunque las demás mujeres, todas con branquias, no veían con buenos ojos mi adopción. Y las entiendo: acá el lugar no sobra. Sé que en un rato, cuando nos pasemos del tiempo pautado para retener una rehén, van a empezar a criticarme. Igual, quedate tranquila que estás lejos del momento irreversible. El cuerpo empieza a mutar si sobrevivís a la primera noche.

Los primeros días me comía las paredes. No es para que te asustes, pero no es simple pasar de lo sólido a lo líquido. Una busca lo sólido hasta en el propio cuerpo. Y lo digo literalmente: ni bien me despertaba me alejaba del grupo para chuparme el dedo o mordisquearme el antebrazo. Era mi desayuno. La sal de la piel y la carne en mi boca suplantaban la ansiedad por lo sólido. Igual, más rápido de lo que hubiera pensado, mi estómago se adaptó y hoy no aceptaría otra cosa que no fuera estos licuados. Los disfruto como antes un plato de ñoquis.

Algunos dientes se me aflojaron por falta de uso. Marina me dijo que en unos meses se me caerán, ella misma ya no tiene muelas y la semana pasada perdió dos colmillos. Todas las pioneras están desdentadas, el cuerpo precisa ahorrar energía.

En aquellos primeros días pensaba que mis amigas vendrían, que se pondrían contentas de verme y de rescatarme, que traerían un cargamento de licuados. No sé cuándo me olvidé de sus nombres.

Tuve también una fantasía. Todas tienen alguna en el período de transición. Imaginaba que descubría algún pasadizo que comunicaba el fondo de nuestro sauna con el de hombres, donde, estaba segura, habría una situación similar. Yo sería la descubridora y mostraría un mundo lleno de hombres desnudos a estas mujeres solitarias. Ellas me lo agradecerían por siempre y, tal vez, me dejarían ir. La fantasía se terminó cuando perdí el interés en irme.

¿Hace cuánto dirías que entraste? ¿Diez minutos, quince? Ese es el tiempo que una rehén pasa con nosotras, el suficiente para desesperarse, sentirse mareada, darse cuenta de que no es un mal sueño. Lo que te está pasando a vos ahora. Después de la primera noche acá, una aprende a contar el tiempo por los hechos: cuando dejé de pasar hambre, cuando ya no me ahogaba, cuando empecé a moverme como una anfibia, cuando la bikini me quedó enorme. Los breteles se me caían, la parte de abajo se me resbalaba. Pensé que con el calor y la humedad la lycra se habría estirado. Hice varios nudos en las tiritas, al principio estos ajustes sirvieron, pero llegó un punto en que la tela era puro nudos y con cualquier movimiento se desataban. Hasta que un día Marina, con una dulzura que le desconocía, me desvistió. Y, como una madre que sabe que está por asomar el primer diente de su bebé, me pasó la yema de sus dedos por los hombros y el cuello, donde unos puntitos como granos de quínoa hidratados brillaban. Mis primeras escamas.

A partir de entonces, este vapor que debe estar agobiándote se convirtió en aire para mí. Me acostumbré a salir de caza, como lo llamamos entre nosotras, desde la mañana hasta la noche. Vivo con unos cinco licuados al día. Los fines de semana consigo capturar hasta unos diez. Podrían ser más, pero la recepcionista nos boicotea. Tal vez notaste que usa demasiado maquillaje: es para taparse las escamas. No sé mucho más de esa historia, las pioneras se niegan a contar qué pasó.

A vos te escuchamos desde que entraste al spa, te oíamos cuando charlabas en el hidromasaje. Los sentidos, cuando vivís acá, se afinan. Ahora escucho a través de las paredes del sauna. Y, no te pongas mal, pero tus amigas se están yendo. Creen que las dejaste plantadas y están ofendidas. Volviendo a vos, tenés una voz potente que a todas nos sobresaltó. Es que acá hablamos poco y bajo: no podemos arriesgarnos a que nos descubran. Igual, el propio ambiente te vuelve introspectiva. Por la noche, y hasta que abre el spa, guardamos estricto silencio. Pero hacía días que tenía ganas de una charla como esta. Cuando te vi entrar, supe que podría conversar con vos. Tenés algo que me resulta familiar. Tal vez eso que te comenté, que te parecés tanto a una de aquellas amigas. Si al menos recordara el nombre.



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