Mauricio Rosencof: “Mientras quede la memoria, la muerte no existe”

Mauricio Rosencof Foto: Carlos Contrera



“Yo soy el que soy” nos dice Mauricio Rosencof al comienzo de la entrevista, recordando un pasaje bíblico que incluye a Moisés y a una zarza ardiente. “Soy el que va tirando. Y registrando historias, vivencias, sentimientos. Y además algo que se tomó en la adolescencia, un camino de militancia”.

Rosencof, uruguayo, novelista, periodista, dramaturgo ,militante del Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, secuestrado por la dictadura que asoló al país vecino entre 1973 y 1985, incomunicado en una celda de 2 x 1 mts durante doce años de cautiverio. Todo eso y más componen la vida y la trayectoria de este escritor nacido en Florida (Uruguay) en el año 1933 y que está en Buenos Aires para presentar su última novela “La segunda muerte del Negro Varela” (2015-Alfaguara).

Las palabras lo han acompañado siempre, desde esos versos que comenzó a escribir en la adolescencia, “porque me parecía que era más fácil, como eran cortitos pensé que daban menos trabajo”, hasta su próxima novela que tiene fecha tentativa de publicación en Uruguay en septiembre de este año (y llegará, quizás, a la Argentina el próximo año), pasando por el periodismo y numerosas novelas y obras de teatro, y las palabras que lo salvaron de la locura en sus años de encierro y que luego fueron plasmadas en “Memorias del calabozo” un libro escrito a cuatro manos junto a Eleuterio Fernández Huidobro.

Con 83 años recién cumplidos, Rosencof se da tiempo para todo, y la suma de los años sólo agrega horas para hacer lo que ama. “No dejo de militar, ni dejo de escribir, ni dejo de hacer. Hay horas para una cosa, hay horas para otra, períodos para unas cosas, períodos para otras. La vida te va llevando, y vos vas llevando la vida como podes. Arriándola. Y ahí andamos, pero el pensamiento, el sentimiento, la motivación sigue siendo la misma”.Con 83 años recién cumplidos, Rosencof se da tiempo para todo, y la suma de los años sólo agrega horas para hacer lo que ama. “No dejo de militar, ni dejo de escribir, ni dejo de hacer. Hay horas para una cosa, hay horas para otra, períodos para unas cosas, períodos para otras. La vida te va llevando, y vos vas llevando la vida como podes. Arriándola. Y ahí andamos, pero el pensamiento, el sentimiento, la motivación sigue siendo la misma”.

“La segunda muerte del Negro Varela” surge, como todas las historias, nos dice Rosencof, del barrio. “todos somos hijos del barrio, todos venimos de un barrio. Ahora han cambiado un poco las estructuras pero las raíces siguen estando. Cuando te ponés a escribir entrás a deshilachar las cosas que los van constituyendo. En el caso de esta historia ningún barrio se constituye como tal, ninguna aldea se constituye como tal si no tiene un muerto, y el Negro Varela nos hizo la tierra, murió en un tartagal donde vivía, con una carretilla a mano que era su herramienta de trabajo y queda de cruz, con el rostro hacia arriba, la cabeza caída. Y entonces el barrio se junta en torno a eso”.

La segunda muerte del Negro Varela

Y ahí, en ese momento final, se ve la solidaridad del barrio de la que habla Rosencof una y otra vez, destacando los valores que surgen de la vecindad. “Varela está muerto y lo primero que hay que hacer es certificar, entonces viene un vecino, Bruni, que trabajaba en la facultad de veterinaria, y certifica. Y no hay deudos, no hay a donde llevarlo, entonces un vecino ofrece su ranchito, que era un casco de una chacra, de un solo ambiente, un mono ambiente. Y ahí lo cargan al Negro Varela en su misma carretilla, y los vecinos le ponen una almohada de plumas, para que la cabeza no vaya colgando. Y detrás de eso va todo el barrio, se arma toda una procesión, y el que ofrece el habitáculo para el velatorio dice ´mirá que yo tengo nada más que una mesa de cocina chica´ entonces cuando paran en el boliche los parroquianos salen, sombrero en mano, y le prestan la segunda mesa” Así, poco a poco, las necesidades del muerto son cubiertas.

Pero las peripecias de la procesión no terminan. “Tienen que pasar las vías del tren – nos cuenta Rosencof-, el tranvía viene golpeando mecánicamente la campana para que la gente libere el paso, pero ven que hay un cortejo, frenan, se bajan, se dan cuenta de qué se trata, se quitan la gorra. El motorman ordena que coloquen el troley a media asta y entonces pasan todos”. El respeto hacia la muerte y hacia el muerto es un elemento clave en la novela, todos los vecinos acompañan y respetan en este último viaje, aunque en vida hayan tenido desencuentros más o menos graves. Siguen camino hacia el lugar del velatorio, y continúan los arropes al Negro Varela. “Cuando llegan al rancho, se dan cuenta que las dos mesas no alcanzan y se consiguen un tablón de un club de fútbol del barrio”. Todos quieren ser parte de esta ceremonia, del adiós al primer muerto del barrio.

Pero la despedida no será tan sencilla. El Gallego Menéndez, que había sido líder republicano en la Guerra Civil Española y tenía conocimientos de enfermería, escucha en la zona del estómago de Varela gorgoritos. “En ese momento el Gallego duda – continua Rosencof- , los muertos no hacen gorgoritos, y asocia estos ruidos a una botella con alcohol de primus que vio tirada al lado de la carretilla de Varela en el tartagal. Pide prestada una cuerda de mechero, le hace un plumerillo en una de las puntas y se lo mete por la boca hasta el estómago al Negro Varela, esperando que empape. Y empapa”.

Y cuando parece que todo terminó, que el final llegó irremediablemente para el Negro Varela, surge nuevamente la chispa, nunca mejor dicho, de la vida: “el Negro Varela no sólo aporta el el primer muerto sino también el primer resucitado”, concluye el autor.

“Aquí se ve, nos dice Rosencof, otra cosa que está en la esencia de esta historia. A Varela lo que le ha pasado lo que ha peleado en su organismo es la última neurona que todavía palpitaba. En un rinconcito queda un recuerdo de la infancia, pequeño, en una roca, junto a un caño maestro, en el río. El asunto es que mientras quede el recuerdo, la memoria, un cachito de memoria, la muerte no existe. Cualquier Abuela de Plaza de Mayo te lo puede explicar mejor que yo”.

La vida y la muerte están presentes en toda la charla, y no sólo porque son partes de un mismo trayecto, sino porque la muerte es parte fundamental de la vida del barrio e, incluso, de la construcción de un pueblo. “No hay pueblo sin cementerio, el barrio crece con el primer muerto del barrio, el primer muerto del pueblo, el primer muerto de la aldea. Es decir venimos de esa tradición, de ese sentimiento. Y además tiene que ver con una canción de los indios Kaapi que dice ´nacemos y volveremos a morir, y volveremos a nacer, porque la muerte es mentira”. Y en este ir y venir de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, la filosofía de los personajes que forman el vecindario primero y el cortejo después nos hacen pensar y repensar nuestros planteos a la vida. “El Macho Gutiérrez el quinielero, que era el filósofo del barrio, sentado en su mesa que fue el soporte de las exequias del Negro Varela, decía “No interrogues a la vida, mirá si te contesta”, por eso yo juego con esa frase, y digo “no interrogues a la muerte, a ver si te contesta”.

Como los libros son la esencia de nuestra charla, Mauricio Rosencof nos recomienda leer Don Quijote de la Mancha, “Vas a tener las mismas dificultades que cuando leas algo con el lenguaje de hace 50 años, pero ahí vas a encontrar la filosofía, la sabiduría, el humor, la gracia, la solidaridad”.

- ¿Por qué escribe Mauricio Rosencof?

- ¿Vos crees que no me lo pregunto? Somos todos hombres de comunicación, de relación, de narración oral. ¿Qué pensas que hacían los primitivos cuando armaban un fueguito adentro de las cavernas, chapurreando, creando un idioma, y contando cómo habían cazado a un jabalí, como les había caído un rayo? Registran la memoria. Marcel Proust hace referencia de un hecho, en “En busca del tiempo perdido”, de unos arqueólogos que encuentran en una cueva del norte de Francia unas piedras estalladas, todas tenían dibujos distintos tallados, eran parte de colgantes. Además les llamo la atención que esas piedra estaban especialmente partidas, no era el tiempo sino que una piedra las había golpeado para partirlas. Entonces la conclusión que sacan, ya habían detectado que ahí se había producido un combate, que para terminar el combate, para terminar de vencer al enemigo tenían que romper esos colgantes, que eran ayuda memoria. Porque si había un jabalí recordaba el día que habían cazado un jabalí, porque si había un rayo fue porque un día tuvieron que correr porque un rayo había incendiado una pradera. Entonces lo que mataban, después de matar a la familia, o los clanes, era la memoria partiendo esas piedras. Lo que uno está haciendo, cuando me preguntás qué hago es ir tallando.



Soledad Hessel.Editora/Redactora de trenINSOMNE. Periodista. Siempre supo que las palabras eran lo suyo. Escribe y lee desde que recuerda y tiene una pasión por los libros como objetos de culto. Columnista de literatura y cultura en medios gráficos y radiales. Fue corresponsal del diario La voz de Santa Cruz y de la Revista En acción de La Plata en la Ciudad de Córdoba. Además, fue miembro del Comité de Redacción y Editora del Boletín de Divulgación Científica de la Universidad Nacional de Córdoba. Notas de Soledad