Gabriela Alemán: "La literatura busca entender al otro, construir mundos"

Gabriela Alemán

Gabriela Alemán llegó a Buenos Aires en el marco del FILBA. En esta charla nos contó de sus inquietudes, sus proyectos y los libros que ama.

Entro sigilosa en la librería en la que tengo acordado encontrarme con la escritora ecuatoriana Gabriela Alemán, avanzo hasta el bar y veo en una mesa a una mujer que identifico enseguida, por tantas fotos que he visto de ella, como mi futura entrevistada. Se la ve distendida, amena en sus respuestas a dos adolescentes con las que habla.

Hay mucho movimiento alrededor, estamos en pleno FILBA (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires) y en Eterna Cadencia, la emblemática librería de Palermo donde nos encontramos, una de las sedes del festival, escritores, lectores y aprendices de todo eso se pasean de actividad en actividad.

Apenas nos sentamos a conversar descubrimos que tenemos una manía en común: las dos hemos abandonado las lapiceras de colores clásicos, azul y negro, para optar por dedicarnos a escribir con tinta de color verde. Una elección en común que rompe el hielo y da paso a una charla descontracturada y a la vez profunda.

Los inicios de la escritura de Gabriela Alemán se remontan a su infancia con las cartas que escribía a su abuela. Como hija de diplomático, pasó su niñez y adolescencia fuera de Ecuador y le escribía largas cartas a su abuela contándole todo lo que veía y ocurría. Y esta necesidad de contar lo que pasaba a su alrededor fue lo que, años más tarde, se convirtió en el puntapié oficial de su carrera como escritora. Un viaje deportivo es la primera parada de un viaje vital que la lleva hasta estos días en los que la escritura, y todo lo que la rodea, son el eje de su vida. “Vivía en Paraguay y jugaba al basquet profesional”, nos cuenta Gabriela. “En un viaje desde Asunción a Ecuador, larguísimo por tierra, cruzando Perú, algo hizo click en mi cabeza y sentí que tenía que contar lo que estaba viendo, porque eran muchos contrastes, eran muchas cosas ocurriendo en un espacio temporal muy cortito. Una vez que ese texto estuvo terminado, hubo un concurso en la Facultad de Filosofía y Letras de Paraguay, lo presenté y gané. El premio era una publicación, impresa, de ese texto. Unos tres años después el Instituto de la Juventud en España, convocó a escritores menores de treinta años, que hubieran publicado algo, para un encuentro. Yo me acordé de ese escrito, lo mandé y de pronto me escogieron, y eso fue lo que lo cambió todo. Me llevaron a un pueblito que tenía 800 habitantes, a dos horas de Málaga que se llama Mollina y durante casi dos meses, cada semana, venían escritores como Roa Bastos, José Saramago, Wole Soyinka que acababa de ganar el Premio Nobel el año anterior a ese encuentro, Abel Posse, Mario Benedetti, Jorge Amado, fue una locura. Y en un momento me di cuenta de que estaba con esa gente y no tenía nada más, así que me puse a escribir para mostrarles. Escribí tanto en tan poco tiempo, que luego cuando volví a Ecuador lo presenté a una editorial y ese fue mi primer libro que publicaron”.

Y los reconocimientos siguieron. En el año 2007 el Hay Festival la seleccionó como una de los treinta y nueve escritores latinoamericanos menores de treinta y nueve años que “tienen el talento y potencial para definir las tendencias que marcarán el futuro de la literatura latinoamericana”. Así, formó parte del evento Bogotá39 junto a escritores de todo el continente como Pedro Mairal (Argentina), Yolanda Arroyo Pizarro (Puerto Rico), Junot Díaz (República Dominicana), Alvaro Enrigue (México), y Claudia Hernández (El Salvador) entre otros. “Bogotá39 fue un antes y un después porque de pronto estaba en la misma lista de Junot Diaz que ganó el Pulitzer, de Alvaro Enrigue que es un autor que me encanta, y dije si yo estoy ahí no puedo ser menos. Después de eso me tomó cuatro años sacar el siguiente libro, pero fue el libro que más me gustó que se llama Álbum de familia. Fue un libro que pensé que podía editarse en toda América Latina, entonces lo trabajé mucho, edité mucho, corregí mucho. Y me permitió darme cuenta de algunas relaciones. En Ecuador somos muy cerrados, se habla mal del otro, nadie se alegra si publicás un nuevo libro, si ganás un premio, y Bogotá39 es ese lugar de refugio donde todos somos hermanos, y donde al pasar de los años cuando alguien ha publicado algo, o alguien ha ganado algo, todavía sigue funcionando un grupo donde nos felicitamos, nos abrazamos. Y luego cuando llego a un país, como había de casi todos los países, es encontrar a alguien muy querido. Fue una cosa muy linda en términos de relaciones, y también fue muy linda en términos de escritura. Los textos de Álbum de familia los trabajé con Claudia Hernández de El Salvador, a quien conocí en Bogotá39, y ese libro no sería lo que es sin sus intervenciones, está esa amistad desde lo literario, de confiar en alguien a quien uno admira. Está la hermandad de ser parte de un grupo donde se quieren y respetan. Con lo que más me quedo es con la amistad que logré ahí porque de verdad tengo grandes amigos”.

La repercusión de Bogotá39 le permitió a Gabriela Alemán ser conocida, y reconocida, en numerosos países latinoamericanos donde sus libros comenzaron a ser publicados y las ferias y festivales la recibieron como autora destacada. Este octubre la encontró en Buenos Aires, para participar del FILBA, y esto la tiene muy entusiasmada, tanto por las actividades que desarrollará en el festival como por las lecturas que va descubriendo y llevándose a Ecuador. “Ya compré libros”, nos cuenta. “Primero compré de todas la personas con las que voy estar en mesas. Cada vez que vengo acá me encuentro con nuevos escritores, y son todos buenos, y son cosas que nunca llegan a Ecuador, encuentras lo básico de Argentina. Como en Ecuador no hay bibliotecas y la economía está dolarizada, los pocos libros que llegan son muy difíciles de comprar. Entonces aprovecho que en los últimos años he viajado por ferias, y cada vez que viajo vuelvo con una maleta de libros. Cuando llego a algún lugar voy a una librería que me guste y pido recomendaciones a los libreros y en general me han hecho muy buenas recomendaciones, o cuando tengo amigos me recomiendan y hago listas. La última vez que vine me compré el diario de Dovstoiesky. Eso es imposible leerlo de una sola sentada, entonces lo tengo para la noche en la mesa de luz, igual que el diario de Bioy, lo iba a leyendo de a poquito, porque además las cosas que cuenta son tan geniales que decía esto tiene que ser dosificado. Tengo un libro de Olga Orozco, que la descubrí también en el último viaje, y estoy deslumbrada. También deslumbrada de que no se hable de ella fuera de acá”.

La mala distribución de libros extranjeros en Ecuador, el poco relieve que se da a la literatura en su país y la poca difusión que tiene la literatura ecuatoriana fuera de sus fronteras, son temas que preocupan mucho a Alemán. “La falta de difusión de la literatura ecuatoriana es un problema estructural, cosas que aquí en Argentina se dan desde hace cien años, allá en Ecuador no se hacen. Hay casas editoriales argentinas fuertes que han circulado por todo el continente y han llevado la obra de sus autores. Aquí se ve que la Cámara del Libro funciona, que funcionan las ferias y los festivales, hace unos años me invitaron de la Ciudad de Buenos Aires para participar de Buenos Aires contada. Hay una intención desde el estado de que la literatura representa a un país. Ustedes fueron invitados a la Feria de Frankfurt, era un pabellón enorme y fue una delegación de varias generaciones, de varias tendencias políticas, me da la sensación de que la cultura funciona en la Argentina, a pesar de que son ustedes muy apasionados en la política, que funciona como una esfera, que esté quien esté en el gobierno la cultura está en un espacio, en otro espacio, donde puede estar circulando. En cambio en Ecuador no hay política de estado, ni siquiera existe una biblioteca nacional. Porque en los años 50 un alcalde decidió construir una nueva vía que se metía un metro en el espacio de la Biblioteca Nacional y en vez de correr la vía para el otro lado tiró la Biblioteca. Metieron todos esos libros en cajas, fueron a dejarlos al sótano de la Casa de la Cultura y hasta el día de hoy no hay una Biblioteca Nacional que compre libros, donde todos los autores que publiquen le dejen una copia. Hay otras bibliotecas en universidades, pero un investigador no puede ir a una biblioteca y encontrar los textos que se han publicado desde 1960 hasta ahora. ¿Cómo puedes tu construir una tradición, una crítica real, importante, cómo se construye un canon cuando hay todos esos huecos, esas falencias, en una cadena? Si adentro del propio Ecuador no nos conocemos ¿cómo nos van a conocer afuera? Y no es una solución simple. No es que hay que comenzar a importar libros. Hay que tener lectores, hay que tener bibliotecas, hay que tener editoriales independientes, tiene que haber una cámara del libro, tienen que existir ferias que no sean organizadas de acuerdo al gobierno de turno, de acuerdo a las circunstancias. Es muy complicado, y yo no veo que vaya a cambiar en los próximos años tampoco”.

A pesar de este panorama que ve bastante oscuro, prefiere poner un poco de optimismo y no quedarse de brazos cruzados. “Viendo esta situación, y teniendo en cuenta que el tiempo es corto y algo hay que hacer, el año pasado con un hermano mío y un amigo de los dos comenzamos una editorial. Lo primero que estamos intentando es entrar en la era digital, si alguien desde Argentina quiere leer a un autor de Ecuador, ahí tiene disponible el e-book, es difícil y complicada la distribución, pero tenemos esta otra herramienta. Otra cosa es re armar un canon, porque hay una cosa despreciativa desde adentro hacia Ecuador, entonces queremos mostrar que hay una buena tradición literaria, que hay escritores impresionantes que han dejado de publicarse. La editorial se llama “El Fakir” por un escritor ecuatoriano que se llamó César Dávila Andrade, que se fue a vivir a Venezuela, no tuvo hijos y se suicidó muy joven, por lo que su obra no circuló como debía y fue un gran narrador, a nivel de cualquier escritor latinoamericano, así que estamos publicando toda su obra narrativa y va estar en digital también. Estamos armando también colecciones de novela gráfica de autores que se conocen afuera como si fueran de otro país, como Alberto Montt que nació en Ecuador. Estamos apuntando a un público adolescente, con precios bajos para que ellos mismos compren, y con libros divertidos porque la literatura puede ser divertida, y después se ´puede llegar a otros textos. Al menos, desde el espacio mínimo desde el que uno puede intervenir, estamos intentando hacer algo”.

Si hay algo que caracteriza a Gabriela Alemán es su búsqueda constante de retos a la hora de escribir. No le gusta repetir estilos, busca siempre nuevas formas de contar lo que tiene para decir, y su último libro de cuentos (La muerte silba un blues – 2014 – Literatura Random House) no escapa a esta lógica. De cuento a cuento cambia el género, cambia la voz, de persona, pasa de un narrador femenino a uno masculino, sin problemas y sin que esto le genere demasiado trabajo. “Estos cambios son cosas que me gusta mucho hacer. Si tomás los libros que he ido escribiendo a través del tiempo, cada libro funciona de una manera totalmente distinta, y es porque me gusta retarme a mí misma a intentar otra cosas. Y cuando me puse el reto de Jess Franco, me pareció interesante que no hubiera una sola manera de narrar, que los protagonistas fueran diferentes, estuvieran funcionando de otra manera. Que hubiera estos saltos, no sólo en el tiempo y en lugar, sino también en esta manera de contar. Hombres, mujeres, jóvenes, chicos, viejos, tipos humanos. Franco elige tipos humanos (algo que le robó a Eisenstein), me pareció interesante llevar adelante esa idea de que alguien que no es profesional pueda transmitir por sus características físicas, y me llevó a intentar distintas maneras de escribir los cuentos, fue un libro que disfruté mucho escribir porque no había hecho algo así antes. Buscar un hilo conductor, tener estos protagonistas, hacer un juego con los lectores que quieran participar: los personajes no tienen nombre, pero pueden reconocerse de los distintos cuentos y doy pistas de rostros, la mujer del rostro ovalado, el hombre del rostro de triángulo invertido. Pero sino sigues eso no es que no entiendes el cuento, o si no has visto la películas de Jess Franco tampoco intervienen en la lectura, pero si las viste hay otra posibilidad de entender de otra manera los cuentos”.

Si bien estos cambios en la narración no le genera problemas a la hora de escribir, si le llevan tiempo de investigación, un tiempo que invierte ante cada nuevo proyecto. “Salgo a mirar la gente, a ver qué hacen, a tomar notas, ver qué expresiones usan. Tengo cuadernos y cuadernos que luego ni sé dónde los guardo. Pero trato, para poder escribir desde otro género, desde otra edad, investigar un poco y meterme en la piel de otra persona, que creo que es, finalmente, lo que trata de hacer la literatura, entender cómo funciona el mundo de otra persona. Y, además, me resulta mucho más interesante que escribir como una mujer, porque es un reto y me gusta ponerme retos para escribir. Soy de las que se sientan en un bar y escuchan una oración, una frase suelta y me voy por ahí. Me gusta escuchar la vida de los otros. Y al final eso es la literatura. Tratar de entender la vida del otro. Construir mundos. Si estoy sentada en la casa pensando, seguramente algo saldrá, pero es mucho más interesante para mí encontrar algo en el otro y lanzarme por ahí”.

“La muerte silba un blues” es un libro diferente a todo lo que Gabriela Alemán lleva escrito hasta el momento. Comienza con el pedido de un editor, y la edición de una novela que la autora tenía a medio escribir, en un cajón, y que terminó siendo el primer cuento del libro. A partir de esa historia van surgiendo otras que van mostrando un hilo conductor. “Luego de escribir algunos de los cuentos vi que había cosas que estaban funcionando, que podía haber un libro, pero faltaban historias. Un día buscando algo en mi biblioteca encontré unas fotocopias sobre Jess Franco que había sacado mientras hacía mi tesis doctoral (sobre el cine de ficción ecuatoriano en el último siglo), pero que en ese momento no me servían para lo que estaba haciendo. Entonces, mientras buscaba otra cosa apareció ese espiralado con las fotocopias, me pongo a revisarlo y dije ahí está, esa es la conexión. Entonces ya teniendo a Franco en la cabeza escribí la segunda parte del libro donde iban apareciendo los personajes de la primera parte. Y además como había esta cosa un poco violenta ya extremé, porque había cosas que no eran tan extremas en la primera parte hasta decidir que era Jess Franco y ahí ya fui jalando hacia lo gore”.

Los cuentos se fueron encadenando, surgiendo uno a partir de otro, y, entre tantas lecturas, también podría funcionar como una novela “porque todo está haciendo referencia a lo mismo, hay saltos geográficos, temporales, pero la situación, la atmósfera todo es la mismo. Las sensaciones perduran en el tiempo, nunca va a desaparecer la traición, nunca va a desaparecer el desamor, nunca va a desaparecer la muerte, la enfermedad, la vejez. Se fueron conectando, y ya en el trabajo de edición fui provocando que lo fueran más. Lo que disfruté mucho de ese libro, fue el trabajo de edición, ya de buscar cómo conectarlos, armar la primera y la segunda parte, y hacer ese prólogo que no había hecho nunca, y también hacer como una especie de guiño a los países donde yo he vivido y quiero, que son Paraguay, yo viví de niña en Nueva York, estudié en Nueva Orleans, entonces de pronto fueron apareciendo. Pero creo que son historias que pueden ocurrir en cualquier sitio”.

Historias que pueden ocurrir en cualquier lugar porque la naturaleza humana es, en el fondo, la misma. Y la violencia es parte de esa naturaleza y es mostrada en estos cuentos en su máxima expresión. “En el momento de decidir que iba a utilizar a Jess Franco como una especie de guión para armar el libro tenía que tomarlo todo. Sus películas son demasiado violentas, bien llegando al gore, tienden hacia el sexo explícito, y me pareció que si iba a lanzarme por ahí tenía que hacerlo y no frenarme y había cosas que obviamente quería contar porque después salieron bien fáciles. Había cosas como remordidas sobre la fragilidad del cuerpo, cómo entra en el cuerpo la enfermedad, como el contacto con otro ser humano si ess violento, puede acabar con otra persona”.

En nuestra lectura de “La muerte silba un blues” vemos a los personajes como seres que buscan la desgracia y que, al momento en que la violencia o la desolación se apoderan de la escena, sienten el alivio de la tarea cumplida. “No lo plantee de esa manera, pero eso es lo lindo de la literatura, que cada persona lo ve de una manera diferente y nos muestran a los escritores nuevas perspectivas. Si hay una tendencia marcada por Jess Franco de que todo termina en un baño de sangre, hay una cosa de género que estaba marcando los cuentos, que tendían hacia eso. Hay una cosa masoquista del dolor, siguiendo con regodeo, como de destino, de que hacia allá se puede ir también. Otra cosa que aparece mucho en este libro es la culpa, de lo que no se hace, de lo que se deja de decir, y también esa tendencia melodramática en no buscar sutilezas, que en todos los otros libros lo hago, pero aquí quise marcar el blanco y el negro. Todo el tiempo estoy jugando en esa frontera entre lo real y lo ficticio, la locura y la cordura, el amor, la muerte, y también el blues. El blues es una música que se regodea en el dolor, una música que no te acaba de poner triste, sino que te da ansiedad, el dolor que lleva la vida. El blues es característico de Nueva Orleans, una ciudad que me marcó mucho, donde hay una cercanía entre la muerte y la alegría, que nunca había visto y que fue algo que guardé. En todos los entierros, y todo lo que está ligado a la muerte es más bien festejar la vida de la persona que murió, todo acaba en fiesta. El dolor acaba en fiesta. La muerte acaba en fiesta. Entonces ¿por qué no acercarte al dolor si te va a dar alegría también? Y todo eso está de alguna manera, no consciente. Por lo visto lo metí ahí”.

Luego de un año de viajes a distintas ferias y festivales, y de un reposo que la alejó de sus actividades cotidianas, Gabriela Alemán tiene muchos proyectos en marcha. Entre tantos, el más importante es contar la historia de Dayuma, una mujer de la etnia huaorani que ofició de interprete y de embajadora en la década del 50, momento en que su pueblo aún no había hecho contacto con el resto del país y llegaron al Ecuador empresas internacionales a explotar el petróleo que estaba en las tierras donde vivía este pueblo, buscando que este encuentro no fuera tan violento para su comunidad. “Dayuma fue una figura conflictiva porque con el tiempo la acusaron de que ella había abierto las puertas a las misiones, los evangelistas, a las corporaciones y en realidad era una mujer que estaba sobreviviendo en un período muy especial de la historia ecuatoriana y murió hace muy poco. Como había muy poco escrito sobre ella, las nuevas generaciones la recuerdan porque ella fue quien negoció con el gobierno ecuatoriano para que los huaoranis tuvieran documentos de que las tierras que habitaban eran de ellos. En algún momento de la historia fue la traidora y luego una persona muy importante para el pueblo huaorani. Estoy tratando de contar ese rol de ella como traductora de culturas, de idiomas, de esa transición que se da de este Ecuador más bien anclado en la agricultura y se convierte de pronto en esta cosa del petróleo, del dinero, del capitalismo”.

Pero Dayuma no quedará sólo en un libro, el proyecto es mucho más ambicioso. “Lo que estoy haciendo es una especie de documental, un poco experimental con imágenes que encontré de ella más los textos que estoy escribiendo para la novela y música. Es algo que queremos que viaje, es algo que puede funcionar en festivales de música porque mi compañero en este proyecto está componiendo para catorce músicos. Puede funcionar en bienales de arte porque va a tener esas imágenes como una especie de cine arte. Puede circular para llegar a colegios para que los chicos se acerquen de otra manera a la literatura, de una manera más juguetona, lúdica, para generar lectores básicamente porque el momento en que uno descubre la lectura es otro mundo para el niño, porque nunca está solo, nunca te terminas de deprimir si estás mal, siempre encuentras una respuesta y encuentras amigos a través de las lecturas comunes, entonces me parece que también es necesario dar ese paso de tratar de traer la literatura al siglo XXI y tratar de traer autores maravillosos al siglo XXI y reconocer que son parte de una tradición latinoamericana y unirlos a través de todo esto”.

Y en esa búsqueda de dar a conocer al Ecuador está inmersa en otro de sus proyectos junto a este amigo músico. “Estamos armando algo que todavía no sé ni como llamarlo, va a tener música, él está componiendo música, yo estoy armando guiones, vamos a hacer “La doble y única mujer” un cuento de Pablo Palacios que fue el vanguardista ecuatoriano, estoy haciendo una fotonovela con ese cuento y él está haciendo la música para la fotonovela, que no va a ser la música de l fotonovela sino música con imágenes. Después de César Dávila Andrade escogimos un cuento que se llama “El ataúd de cartón” y estoy haciendo el guión para una animación que también v a funcionar con la música y queríamos que fueran tres cosas: algo de los años ’20, algo más cercano en el tiempo que serían los años ’60 y algo más actual”.

Entre su pasión por la lectura y el reposo impuesto por una afección en una de sus rodillas, Gabriela lleva un promedio de cinco libros leídos por semana. Este ritmo le permite leer todos los géneros y conocer esos nuevos autores que le recomiendan y de los que va recolectando libros en sus viajes. Y de esas lecturas también salen las recomendaciones que nos deja. Olga Orozco, que la tiene loca según sus propias palabras, la pintora Emma Reyes y la recopilación de sus cartas en el libro “Memorias por correspondencia”; “Conquista de lo inútil”, el diario que Werner Herzog escribió mientras filmaba Fitzcarraldo; “La uruguaya” del argentino Pedro Mairal, compañero del Bogotá39; “Declive” de Antonio Garcia Ángel y “La historia oficial del amor” de Ricardo Silva. Y no pueden faltar en esta lista dos escritoras ecuatorianas que han llamado la atención de Gabriela Alemán: Cristina Mancero y Mónica Ojeda.

- Finalmente... ¿por qué escribís?

- - Cuando me meto a escribir es porque no entiendo algo, investigo mucho y luego escribo. Escribo para entender el mundo.



Soledad Hessel.Editora/Redactora de trenINSOMNE. Periodista. Siempre supo que las palabras eran lo suyo. Escribe y lee desde que recuerda y tiene una pasión por los libros como objetos de culto. Columnista de literatura y cultura en medios gráficos y radiales. Fue corresponsal del diario La voz de Santa Cruz y de la Revista En acción de La Plata en la Ciudad de Córdoba. Además, fue miembro del Comité de Redacción y Editora del Boletín de Divulgación Científica de la Universidad Nacional de Córdoba. Notas de Soledad