Se sube al tren: Alejandra Decurgez

Alejandra Decurgez

Se sube al tren la escritora, guionista y psicóloga Alejandra Decurgez y nos presenta su cuento "El hilo del alma vieja", escrito especialmente para trenINSOMNE.

- ¿Cuándo y por qué comenzaste a escribir?

- Empecé a escribir de muy chica, fui a un colegio Waldorf y la creación artística forma parte de mi vida desde siempre. El primer material que tengo es de 1985, cuando tenía ocho años. Son poesías breves acerca de cosas como la luna, las estrellas y el viento. Más tarde empecé a escribir ficción. Soy fanática de los Beatles desde los diez años y los Fabulosos Cuatro protagonizaron muchas de mis primeras historias. Escribir fue (y sigue siendo) un acto del Ser, para mí, una búsqueda y una afirmación de mi identidad. Un talismán que me protegió de situaciones dolorosas de mi infancia, un refugio antibombas.

- ¿De qué se nutre tu escritura?

-De imágenes, básicamente. Tengo un enorme caudal de imágenes internas que a veces se entrelaza con escenas externas, y creo que de allí surgen las historias que cuento. Por supuesto que leer, mirar películas y apreciar el arte en todas sus manifestaciones cumple un rol importantísimo.

- ¿Tenés rituales a la hora de ponerte escribir?

- En general, necesito un café, un sahumerio y música instrumental. Ahora que estoy en pareja descubrí que no necesito de la soledad y el aislamiento para poder escribir.

- ¿Hay algún tema que aún no te animaste a enfrentar con tu escritura?

- La felicidad, creo. Tengo tendencia hacia lo inquietante y lo melancólico.

- Te doy una bola de cristal para ver el futuro, ¿cómo te ves?

- Siempre siendo a través de la escritura. Ojalá en nuevos ámbitos, como la historieta y el guión cinematográfico. Y, en especial, ojalá con menos preocupaciones monetarias y con más tiempo para escribir.

- Hoy ¿por qué escribís?

- Porque en la medida que escribo, soy.


"El hilo del alma vieja"

Primera
Supieron que venían pero no hubo tiempo para prepararse.
Los hombres buscaron hachas, mazas y palos. Las mujeres metieron a los niños debajo de la cama y dentro de los muebles porque escapar hacia el bosque era imposible, no había abrigo ni víveres suficientes para enfrentar la intemperie en esa época del año.
Su madre quiso esconderlo junto con las hermanas pero el padre dijo: “Correrá la suerte del hombre”, y lo arrastró al taller del herrero, donde recibió un martillo que apenas podía sostener.
Los hombres se reunieron en la plaza y se organizaron a los gritos, rápidamente se distribuyeron en cada punto cardinal en grupos pequeños y mezclados: jóvenes, ancianos, enfermos, robustos, todos blandían sus armas espalda con espalda, temblando y sudando.
Perdió de vista a su padre entre las corridas y los bramidos de los invasores, que bajaron de la montaña y rodearon el pueblo, rápidos como demonios. Las primeras muertes, la primera sangre derramada lo encontró en medio de la calle principal, solo.
Empuñó el martillo, los músculos de los brazos le dolían pero no sentía calor, ni frío. Nevaba y el pueblo era un punto blanco y rojo en el tiempo. Blanco y rojo como un bebé que está por nacer, como cuando su madre había parido a sus hermanas.
El padre debía estar luchando, tal vez estaba muerto.
Los invasores aparecieron de repente, jadeaban y tenían el pecho al descubierto pintado con sangre caliente, del filo de sus armas colgaban pelos y pedazos de piel.
Corrió hacia uno de ellos, gritando. Pero apenas podía sostener el martillo y terminó de bruces en la nieve. Los enemigos se rieron, lo patearon y después lo levantaron como a un gatito. Lo llevaron frente al líder, un monstruo más rubio y peludo que el resto, que lo obligó a mirarlo a los ojos. De su boca, que sólo exhibía unos pocos dientes, salieron sonidos que no comprendió, luego salieron risas y escupitajos que fueron a parar a su cara de niño. El líder lo entregó a uno de sus laderos, que lo llevó casa por casa para que viera cómo dañaban a las mujeres y los pequeños, a su madre y sus hermanas.
Pusieron una estaca en medio de la plaza y lo ataron bien arriba para que el viento escarchado le arrebatara la vida.
Cuando los ancianos del pueblo se reunían frente a las fogatas, contaban cómo las almas viajaban en el tiempo y ocupaban nuevos cuerpos para vivir aprendizajes pendientes. A veces las almas causaban daño, herían, mataban, a veces regresaban a la tierra para sufrir. “Tejer el hilo del alma vieja”, llamaban a ese proceso. Deseó que estuvieran equivocados, que aquellas fueran sólo historias para los niños. Quería dormir, para siempre en lo oscuro. Olvidar lo que había visto. No volver nunca, desprenderse, cortar el hilo.
Jamás volver a correr la suerte del hombre.
Segunda
Proveniente del río, El Que Corre la Suerte del Hombre camina con dificultad hacia la orilla. Tose, tiene el rostro negro de hollín y el cuerpo embadurnado de sangre, arrastra la pierna perforada por esquirlas. En la espalda lleva un fusil y en cada mano tiene un arma.
La orilla del río está sembrada de piras con llamas tan altas que llegan a tomar las copas de las palmeras, al cielo lo tapa un denso humo negro, compacto como un toldo. Hay olor a carne asada y hierro. Quejidos de dolor, salvas de metralla y sonidos de aviones llegan de todas direcciones. En el agua roja flotan objetos chamuscados, trozos de fuselaje y pedazos de cuerpos. En la arena, encallados como bestias agonizantes, hay dos helicópteros de aspas retorcidas.
Vadea el último tramo sorteando los restos, no se molesta en esquivar las balaceras que bajan del cielo y las que suben desde lo profundo de la jungla; hace rato comprendió que sobrevivir es sólo cuestión de good luck. Cuando está a punto de alcanzar la costa, una mano emerge del agua y le sujeta el tobillo, haciendo que trastabille. La mano pertenece a un Charlie que se incorpora de un salto y, desarmado y enclenque, se le abalanza con un grito.
El Que Corre la Suerte del Hombre está mejor entrenado y más entero que el Charlie y dispara las dos armas sin parpadear. Le asesta varios tiros al Charlie, en el cuello y el pecho, el tipo se desploma sobre el agua aceitosa y, tras flotar un instante, se sumerge.
Comienza a llover, como cada tarde en esa jungla de mierda, en ese infierno abandonado. Las palmeras se zarandean, encendidas y humeantes, se escuchan súplicas y gemidos, el aire huele a pólvora y heces. El miedo en su boca sabe a hierro.
El Que Corre la Suerte del Hombre empuña el fusil, conteniendo el aliento y tratando de no temblar, de no pensar en el destino. Hunde los borcegos en la arena sucia de la orilla y corre hacia los árboles. Cuando escucha el zumbido que baja del cielo y reconoce de qué se trata, ya no hay tiempo para volver al agua. 
Tercera
La aldea no duerme, aunque así parezca. En el desierto nada ni nadie duerme de veras.
La patrulla irrumpe en el caserío cuando las sombras son frágiles y está amaneciendo. La arena helada volverá a arder apenas suba el sol. La arena hierve con una facilidad y con una rapidez asombrosa, igual de rápido se vuelve de hielo cuando anochece. Es una rítmica mágica que fascina al Que Corre la Suerte del Hombre, lo único que vale la pena admirar en ese infierno amarillo.
Los soldados avanzan con los láseres cargados, el Capitán conoce las coordenadas precisas de la cueva subterránea donde se refugia el enemigo y va directo hacia allí junto con los más experimentados. Los de menor rango se ocupan de vigilar el perímetro del caserío. Recibieron órdenes de disparar a cualquiera que intente abandonar la aldea, sea tullido o débil, tenga la edad que tenga. El desierto está lleno de espejismos y en los poblados perdidos del mundo nadie es del todo inocente.
El Que Corre la Suerte del Hombre derriba la puerta de una casa y entra empuñando láseres de mano. El único ambiente, separado por cortinas negras, huele a cabra húmeda y ajo. Una mujer semidesnuda sale al encuentro del soldado llevando un niño de meses prendido a un seno. La mujer escupe en el suelo de tierra y grita, no le importa que el Hombre la esté apuntando. Él apoya el cañón de un láser contra la frente del bebé y la mujer queda inmóvil pero susurra insultos y maldiciones. Él la sujeta del brazo y la saca a la vereda.
Las calles de la aldea ya están llenas de pobladores como estatuas vestidas o desnudas, de pie junto a las casas, que observan sin sentir frío ni miedo a los invasores que continúan derribando puertas y sacando gente de las camas con empujones y patadas.
El Que Corre la Suerte del Hombre irrumpe en otra casucha. No hay cortinas divisorias allí, pero hay basura y juguetes rotos por todas partes, hay bichos en los rincones. Lo reciben tres niños, el mayor no puede tener más de ocho años y el pequeño está sentado en el piso, todavía no camina. La niña aprieta un caballo de felpa demasiado grande y pesado para ella, está descalza igual que sus hermanos, tiene los mismos rasgos de pómulos salientes. Los tres lo observan con ojos negrísimos mientras se rascan el pelo. Él baja los láseres, les hace señas para que salgan. Ellos no se mueven.
Afuera se escuchan corridas y disparos, se siente un súbito olor a sangre y polvo. “Motherfuckers!”, grita un compañero. Y la voz del Capitán: “Run, run, run!” El Que Corre la Suerte del Hombre se detiene en el umbral de la casucha y desenfunda. Ve que los habitantes siguen de pie como esfinges, pegados a las paredes. Ve que el Capitán está caído, casi sumergido en un charco escarlata, y que dispara usando el único brazo que le queda. El pelotón también dispara a mansalva, algunos tienen hoyos y esquirlas en el uniforme pero están de pie, otros tratan de huir a rastras. El que Corre la Suerte del Hombre no llega a ver a qué intentan dispararle, hay siluetas recortadas en la polvareda al final de la calle pero es imposible saber a qué se enfrentan. Un soldado cae de rodillas. “Run,” dice. “They are monsters, they…”
El que Corre la Suerte del Hombre duda, piensa en regresar al interior de la casucha. Piensa en agarrar a los niños y permanecer allí hasta encontrar el momento de tomar al enemigo por asalto. Como debe ser el destino de un héroe. Pero entonces, siente un pinchazo en la espalda, otro en la pierna, otro en la cintura. Se vuelve. La niña le está apuntando, el cañón de un fusil antiguo asoma por la panza estallada del caballo de felpa y, a su alrededor, todavía planean hebras de tela y vellón. Ella le apunta a la cabeza. “Yamut”, susurra. Y aprieta el gatillo.
Nada se mueve en la aldea, los habitantes siguen erguidos contemplando al invasor que agoniza cubierto de polvo. Ni siquiera el sol parece querer treparse al horizonte y la arena sigue helada, aunque ahora es roja. 
Cuarta
La vida en la colonia Naizar era casi rural, bastante parecida a la que se había perdido tras las conquistas interestelares. El día comenzaba al amanecer y el trabajo se interrumpía para el almuerzo, después continuaba hasta que anochecía. Desde la instauración de los satélites estabilizadores de la atmósfera, al clima ya no se le permitía la menor espontaneidad, ya no sorprendían las sequías ni arreciaban las tormentas. Los vientos o la neblina, la suba o baja previstas para la temperatura permitían una programación precisa de las actividades.
Hasta que ocurrió el Boicot.
Hasta el martes en que los Defensores de la Libertad Climática hicieron colapsar a los satélites estabilizadores de la atmósfera, en los criaderos de drones de Naizar cada día de la semana tenía su tarea: lunes, ensamblar tejido orgánico con los circuitos y las partes de metal y plástico; martes, testeo de los modelos recién armados; miércoles, reparación de piezas y puesta a punto. Los viernes llegaba el cargamento de las granjas de tejido animal y se enviaba cada tipo de tejido al sector correspondiente del laboratorio: cerebro de águila para los drones de rastreo, de abeja para los drones de construcción, neuronas de murciélago para los de patrullaje nocturno. Durante el fin de semana se acondicionaba la materia orgánica recibida.
Hasta el día del Boicot todo estaba organizado para que un clan de diez drones estuviera listo en cuatro semanas. Pero ese martes los satélites suspendidos en el cielo emitieron un chirrido como de viejo motor sin aceite y, tras un bufido agonizante, cayeron sobre la colonia. Eran tan pesados que su aterrizaje hizo vibrar el suelo como si se tratara de un sismo.
El Que Corre la Suerte del Hombre cuidaba de sus drones-topo cuando los satélites se precipitaron como gigantescos pedazos de granizo metálico. Salvó su vida arrojándose a uno de los hoyos que habían abierto sus drones. Apenas recibió el roce de una esquirla en el brazo y se golpeó la cabeza al caer en la tierra húmeda. Quedó aturdido, pero entero.
El Que Corre la Suerte del Hombre salió del agujero cuando el suelo dejó de trepidar. Encontró que el techo del laboratorio se había derrumbado por el peso de un satélite, y que toda la extensión de la colonia estaba sembrada de esas bolas enormes recubiertas de paneles solares que escupían humo y chispas. Vio a muchos compañeros que gemían de dolor atrapados bajo la mampostería y otros que estaban chamuscados y quietos, con los ojos muy abiertos. Vio pedazos sanguinolentos, torsos, brazos y cabezas desperdigados.
Pero los drones no habían sufrido el menor daño. Algunos sobrevolaban en la polvareda que atestaba el aire, otros observaban trepados a los satélites. Los drones-topo asomaban sus narices metálicas desde el fondo de los hoyos. Tal vez por efecto de la luz del sol, tan sucia y débil, las máquinas-animal lucían distintas. El Que Corre la Suerte del Hombre tiritó. Recordó las veces que había tenido que propinarle descargas eléctricas a sus topos como parte del entrenamiento (siempre como parte del entrenamiento, no había ningún placer en electrificarlos para que obedecieran, ningún placer en absoluto). O las patadas y los pisotones, o los batazos. O las veces que había abierto las carcasas para cauterizar el tejido neuronal de los topos sin desconectarlos a pesar de que sabía que eso les generaba una sacudida de dolor. Todo aquello lo había hecho para aminorar el impacto del instinto que seguía inscripto en las neuronas de los topos, para fortalecer la programación, para volverlos mansos, obedientes, útiles. Lo había hecho porque así lo ordenaban los superiores. No había obtenido el menor placer al torturarlos. Lo había hecho por su bien.
Los drones-águila volaron a ras del suelo, aguzando sus miras láser. Se abalanzaron sobre cualquier humano que mostrara el menor signo de vida: los que se arrastraban sin piernas, los que intentaban incorporarse, los que sollozaban. Les dispararon con los láseres pero también los golpearon, arrojándose como bólidos contra los cuerpos o los cráneos. Los drones-abeja inyectaron su veneno paralizante en los que estaban en condiciones de huir. Los pitbull arrancaron y devoraron miembros.
La colonia Naizar se convirtió en un coto de caza, en un festín.
Los topos salieron de los agujeros en la tierra y rodearon al Que Corre la Suerte del Hombre. Aunque fueran ciegos, a pesar de que no tuvieran miras láser, parecía que lo observaban cuando se apretaron contra él. Parecían inquietos.
‒Pero también los cuidé ‒dijo el Hombre‒. ¡Los alimenté y los lustré! ¡Los cuidé! ¡Los cuidé!
Los topos se abroquelaron contra sus piernas.
‒¡Por favor! ‒suplicó el Que Corre la Suerte del Hombre.
Sintió el golpe de algo duro y frío en la espalda, y luego otro golpe en la cabeza, que le abrió un tajo en la piel: eran los drones-águila. A lo lejos se escuchaba el galope de las gruesas patas biónicas de los pitbull. Un tercer golpe metálico y El Hombre se desplomó.
Los topos se treparon sobre él, lo husmearon, chirriando.
‒No fue mi culpa ‒dijo El Hombre‒. Era mi trabajo. Era por su bien.
Los drones-topo hundieron sus narices en el estómago del Que Corre la Suerte y empezaron a hurgar, tal como dictaba su instinto.
Quinta
La tierra se desgrana en terrones claros. En sus grietas resecas se ocultan piedras, monedas viejas, pedazos de plástico que parecen astillas de algo mucho mayor, como dientes de algún dinosaurio.
El Que Corre la Suerte del Hombre acumula todos esos tesoros al costado.
Las nubes compactas funcionan como un toldo y en esa área del Distrito 11, con pocos satélites estabilizadores de la atmósfera, es difícil respirar. Suda, siente las partes orgánicas de su cuerpo calientes. Hunde las uñas buscando tierra oscura y viva, tierra capaz de ser potencia. Encuentra un diminuto muñeco de plástico de los que venían en los chocolatines, viejísimos, esos que estaban como acostados en un féretro de cacao y leche. Trata de adivinar de qué personaje podría tratarse porque sabe todo lo que hay para saber de esa época, pero el muñeco está despintado y luce como una estatuilla indiferente.
Se escuchan voces al pasar, son Centinelas en su ronda de la tarde. El Que Corre la Suerte del Hombre permanece inmóvil, rezando al profeta Chan para que los soldados no detecten la señal que emiten los retazos de aleación integrados a su cuerpo. Luego sigue cavando. La tierra que apartan sus manos es opaca y árida, se deshace cuando la remueve, se convierte en polvillo al entrar en contacto con el aire.
Encuentra dos piezas de puzzle encastradas y la cabeza de un alfil blanco, más monedas. Siente las gotas de transpiración que ruedan por su cuello y la tensión del brazo orgánico, las articulaciones de aleación que crujen si pasa mucho tiempo en la misma postura. No tiene sed, ni hambre. Hace meses, desde el accidente, que no tiene esas necesidades.
–No hay nada de qué preocuparse –dijeron mientras lo sacaban de la nave perforada por láseres enemigos–. Tiene suerte, Comandante, por su rango aplica para el programa de CyborFusión. Lo pondremos a punto.
Mientras busca tierra húmeda, el Que Corre la Suerte del Hombre trabaja como un partero de los recuerdos de otros, que enterraron sus vivencias y sus porquerías en ese pastizal del Distrito 11, ese terreno olvidado que parece una necrópolis de objetos fragmentados.
Anochecerá y los faroles serán insuficientes, entonces cavará como un ciego. No usará el ojo artificial en su frente, clausurará el sistema de sus oídos. Sus dedos percibirán la textura y la tibieza del suelo y leerán las formas de los objetos que emerjan. Sin la mediación de su vista y su oído aumentados, la tierra, sus manos y su anatomía se convertirán en una continuidad orgánica, también cósmica, retoños una del otro.
Cava, buscando el camino de regreso.
Anochece y la oscuridad se llena de luciérnagas de criadero, más pesadas y lentas de lo que solían ser las naturales. La tierra se desliza entre sus dedos, fría. Como la noche fría. Los satélites que flotan en la oscuridad son demasiado escasos. Ya no aparecen pedazos ni monedas, y puede empezar a imaginar que el futuro es aromático y húmedo.
Cava más rápido, también hacia los lados.
Antes de que amanezca, antes de que los Centinelas renueven sus rondas, se acurrucará en el fondo del foso, se tapará con una manta de tierra negra. Nadie lo notará mientras duerme en ese pastizal que nadie mira. Se fusionará con la humedad y se hundirá en ese cielo oscuro, navegará entre los corales galácticos mientras sueña, y su conciencia será un estallido de luz.
Tal vez tenga suerte de verdad, y renazca. De carne y hueso una vez más. Entero una vez más, ya no un ridículo patchwork de metal y vísceras.
Cava, hasta el fondo. Buscando el camino. Cava como un ciego.
Sexta
Como la Suerte del Hombre pesa, algo en mí estaba atascado.
A los desovilladores les fascinaba mi caso, solían debatirlo frente a sus hogueras sagradas mientras interrogaban a las estrellas. Pero el cielo encendido se empecinaba en mantenerse silencioso y la sabiduría de los desovilladores parecía haber encontrado un límite. No sabían qué era yo, quién había sido, para qué había encarnado en esta vida.
Yo odiaba ver cómo los demás salían de las citas con los desovilladores con el objetivo cumplido. Revisaban las experiencias de sus almas y, así, se volvían útiles: quien había sido médico en otra vida, ahora podía diagnosticar la disfunción de cualquier órgano sin recurrir a ningún dispositivo, sus sentidos y su raciocinio eran suficientes. Quien había sido artista era capaz de crear melodías enteras con precisión magnífica no bien sus dedos se ponían en contacto con el instrumento adecuado. No necesitaban aprender, no había que esforzarse, sólo atravesaban el ritual y recuperaban el conocimiento acumulado vida tras vida. Sabían.
Los desovilladores únicamente tenían que descubrir la hebra exacta que conducía desde el presente a las memorias ancestrales de cada espíritu. Tiraban de aquel hilo y desenredaban el nudo de conocimientos que el alma había atesorado en su derrotero evolutivo.
Yo salía siempre vacío. Empezaba a pensar que, tal vez, los desovilladores estuvieran en lo cierto y esta fuera mi primera encarnación. Si no había nada que recordar, nada que desenterrar de los pasados remotos de mi alma, quizá no sería de ninguna utilidad para la pacífica comuna a la que pertenecía. Algo así jamás había ocurrido.
Esta vez, el desovillador no usó su máquina de ventosas y espigas, sino que me tendió en el piso. Me ordenó que me fijara en sus ojos sin soltarme del cordel de sus palabras. Aferrado a su voz calma, dejé la orilla de la conciencia. Me empapé en un mar hondo y oscuro que me fue succionando. Cuando desperté, dos sensaciones permanecían: un olor a herrumbre y humo, y gritos.
‒Qué bueno que volviste –el desovillador me sonrió, su voz era compasiva‒. A cualquiera le habría costado recuperar memorias como esas ‒dijo, y me pareció que él también había visto la costa sembrada de cuerpos, con sus palmeras humeantes, como si la hubiera recorrido tomado de mi mano. Sé que vio conmigo las calles del pueblo cubiertas de nieve y sangre, la tierra preñada de fragmentos, el desierto, drones.
Me entregó un arma que reconocí, aún sin haberla visto en esta vida, y no necesitó explicarme que era tiempo de que la paz con las comunas circundantes llegara a su término.
‒El destino de los débiles está marcado ‒dijo‒. Y tu suerte es la suerte del hombre.
Epílogo
Todos esperaban en la plaza, me estaban esperando. En sus ojos vi que la desconfianza que sentían por mí se borroneaba y se diluía, igual que desaparecía su menosprecio. Vi que la curiosidad aguzaba sus miradas, y vi también algo que se agitaba, ansioso, en el fondo, como las correntadas de las profundidades revueltas. Noté sus manos inquietas pero inútiles.
Llevaba el arma que el desovillador me acababa de dar. Él tenía su mano sobre mi hombro y caminé hacia la plaza acompañando el ritmo ceremonioso de sus pasos. El silencio en la aldea era total, parecía un punto quieto y blanco en el tiempo.
Nos detuvimos al borde de la plaza y todos se apretujaron a nuestro alrededor. Fijaron sus ojos en mi arma, sus bocas no sabían qué sonido emitir, tal vez palabras, tal vez rugidos. Entendí que habían esperado sin saber qué vendría, pero que sus esperanzas eran viscerales, nada tenían que ver con el intelecto. Comprendí que en sus cuerpos se ocultaban fuerzas que hasta ahora sólo habían emergido en pesadillas y que sus músculos necesitaban ceder a esa presión que venía de lo hondo, que se remontaba tan atrás en el tiempo y que ardía en sus huesos con una llama eterna como sus almas. Contemplaban mi arma como hipnotizados, con deseo, y entendí que eran débiles, que esa voracidad los doblegaría, igual que lo había hecho conmigo en mis existencias pasadas.
Ellos necesitaban dominar, desgarrar, triturar, pisotear, invadir. Querían que yo, que tenía la sabiduría del soldado y del carnicero, iniciara eso.
Me sujetarían, me alzarían y me honrarían llevándome en andas. Los desovilladores encenderían fogatas sagradas y ordenarían la preparación de un festín. Celebrarían como cada vez que alguien rememoraba y encontraba su lugar en la comunidad. Pedirían a las estrellas que el tiempo nuevo fuera de color rojo sangre.
‒¡No! ‒dije‒. ¡Atrás!
Arrojé el arma en el suelo helado, la pisé tratando de quebrarla.
‒¡No! ‒grité.
El arma quedó sepultada en el barro, magullada. A mi alrededor, silencio. Sus ojos me miraban sin parpadear, tenían los dientes y los puños apretados.
Los empujé antes de que pudieran retenerme, atravesé la plaza y corrí hacia el bosque. Sus llamados, también las demandas del desovillador, que me decía “Capitán, es su destino”, me acompañaron un trecho. Escuché pasos lejanos que intentaron seguirme, pero se resignarían pronto: en la oscuridad sin luna no podrían encontrarme, ninguno tenía habilidades de un soldado para huir y esconderse.
Me detuve en la orilla del río. Pensé, no sé por qué, no sé de dónde venía ese pensamiento, pensé que la suerte del hombre es aquella que teje él mismo.
Me sumergí en el agua y crucé. Seguí corriendo.



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Soledad Hessel.Editora/Redactora de trenINSOMNE. Periodista. Siempre supo que las palabras eran lo suyo. Escribe y lee desde que recuerda y tiene una pasión por los libros como objetos de culto. Columnista de literatura y cultura en medios gráficos y radiales. Fue corresponsal del diario La voz de Santa Cruz y de la Revista En acción de La Plata en la Ciudad de Córdoba. Además, fue miembro del Comité de Redacción y Editora del Boletín de Divulgación Científica de la Universidad Nacional de Córdoba. Notas de Soledad