El fin del mundo

Los suicidas del fin del mundo



"Nada decían de los muertos del sur. Y ese, ahora sí, fue el fin de todo".

El miércoles 14 de septiembre de 2016 se presentó Mondial Cabaret en la Alianza Francesa de la Av. Córdoba. Yo estaba ahí, en la cola para retirar las entradas, pero me salí.

Nunca un libro me había dolido tanto, lo saqué mientras hacía tiempo antes del espectáculo. Ese mismo libro que tenía semanas postergando terminar, pero no podía postergar del todo. El mismo libro que me hizo desentonar con el entusiasmo francés a mi alrededor, con la tranquilidad del que se siente protegido, escuchado, en paz. Eso que no le pasaba a ninguno de los personajes del libro, que eran personas llenas de historias, y que en algún capítulo esperabas -por favor- que todo sea mentira. Pero no es mentira vivir así, como Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero.

No es un secreto mi admiración por el trabajo de Leila. Siempre busco ser objetiva, pero no hay nada que lleve su firma que no tenga mi fe. Ya sabía de antemano que no sería un libro sencillo ni de leer, ni de dejar, ni de escribir, me imagino. Porque ella que suele huir del protagonismo, esta vez retrata su peso constante, una sombra gris lanzada en la cama viendo mover las ventanas en un pueblo donde la brisa no para sino que paraliza. Su dolor de cabeza, los lugares a cuestas donde alguna vez murió alguien y alguien y alguien más. Nunca nadie muere menos.

Desde el comienzo el libro es incómodo, preciosamente incómodo. Nombra la palabra sesos muchas veces en una página. Sesos, restos de sesos, cabeza partida y sesos regados, su textura, la cantidad, la consistencia. Y la mente del lector pinta la imagen perfecta del desastre. Nada mejora al continuar, en algún punto se busca una luz pero no pasa. Crees que la palabra seso se esfuma pero se sustituye, por sangre, alambre, escopeta, suicidio. Sorprendería todas las maneras que existen de matarse.

Las Heras era -o es-, cuenta Leila Guerriero, periodista argentina, un pueblo olvidado al sur de la Patagonia. Con la maldición del petróleo, los kilómetros y la indiferencia. A finales de los años 90 una ola de suicidios llegó como una gripe, pero grave, porque todo siempre es grave la primera vez. Y se mataron jóvenes de mi edad, de la edad que tuve y la que tendré dentro de poco. Se mató gente como yo, como los que conozco, como los míos. Así, se colgaban de una puerta, de un poste, de la parte de arriba de una litera y se morían. Se despedían, incluso, de una manera críptica y exitosamente nunca hubo sospechas pero siempre sangre y el recuerdo del que nunca más quiere volver a ese lugar.

No es normal ¿verdad? que se mate el futuro. Que con el tiempo fueron tantos que dejaron de contar cuántos habían sido, que fuera hoy un Juan y mañana su primo, y después su amigo, y después la novia del amigo, y después el sobrino de su primo, que era el vecino, que tenía un hijo que también se mató. Y así. Como si un día se estuvieran matando todos, tanto, que habría que revisarse al espejo, el pulso, el ánimo. Pero todo se volvió tan normal, porque somos animales de costumbre, que ya el sonido de la ambulancia no aturdía. Que ya nadie preguntaba qué pasó sino quién se habrá matado ahora. Primero era grave. Después sólo era.

El libro retrata un ambiente desolador. En ese pueblo, donde no llegaba nada más que la muerte, no había librerías, ni centro de arte, ni de capacitación, ni sentido de pertenencia, ni común, ni de humor, ni oportunidades, ni distracciones, ni amor, ni futuro. Esas, las razones de los habitantes, coinciden en el mismo pozo apático, espeluznante.

“Yo quería ser alguien”, dicen desconsolados, porque nadie nunca les dijo que ya lo eran. Lo son.

El retrato del libro que no me puedo sacar, es la desesperación de una madre que vuelve a casa gritando el nombre de sus hijos para ver si siguen vivos. El trauma, el presagio.

Aún así, dentro de las mismas páginas que reflejan el infierno del olvido, aparecen destellos de grupos de autoayuda y las líneas telefónicas donde llamar antes de morir para cambiar de opinión. Para ver si es posible. Para ver. Sin certezas, sin garantía. La rendija de quien propone y lucha desde su realidad para que la realidad de otros no tenga límites. Del que aún sin recursos y sin posibilidades no deja de apostar por el talento de alguien. Alguien, que ya lo era. Lo es.

Me salí de la cola de las entradas para venir a escribir esto que no sirve de mucho, quizás, que no cambiará nada. Pero me hizo reaccionar, que si va a matarse alguien más, si van a matar a alguien más, si van a robar, a estafar, a criticar, a romper, a humillar, a alguien más, vengo a ser alguien más también, para que dejemos de ser alguien menos. Porque el equilibrio existe, aunque parece que hay un lado que se está hundiendo. Y algo tendremos que hacer, ahora, para que deje de ser el mismo. El tuyo. El bueno.



Paola Soto.Periodista, venezolana, autora de Mal abrigada (Ed. Peces de ciudad). Practica la constancia tecleando en Paw de limón, y en Por primera vez jugando con la poesía y la narrativa, para dar con la verdad de las historias. Notas de Paola