Los hijos del volcán - Florencia Benson

Los hijos del volcán, desterrados. Mitologías del cuerpo y el deseo en el nuevo poemario de Florencia Benson
Los hijos del volcán - Florencia Benson



¿Por qué escribir en primera persona? ¿Cuándo importa la experiencia de quien escribe? ¿Qué convierte a una historia personal en un asunto colectivo? ¿Cómo encontrar esos puntos de contacto que hacen del yo un punto de vista reapropiable por quienes leen? ¿Qué se dice cuando se enuncia el yo? ¿Qué voz, qué cuerpo se pone en juego al decir yo? ¿Qué imaginario traduce el gesto de ubicar a quien escribe en el lugar del personaje narrador?

En distintas obras de Jean-Luc Nancy se examina la figura del dolor y el goce como modos de subjetivación que patentizan la ex(–) posición y la ex(–) apropiación del sujeto, su salida de sí y su ser siempre otro. Se presenta el papel que juegan el placer y la herida en la construcción del nosotros, en la relación con otros en el mundo material y simbólico, es decir en “la exposición desnuda […] banal, sufriente, gozadora y temblorosa”, dice Nancy.

Florencia Benson - Gonzalo Zuloaga
Florencia Benson y Gonzalo Zuloaga

Asimismo, en tanto que para Nancy somos cuerpo y para Paul Preciado somos cuerpo inscripto en texto, el status que adquiere la figura del dolor –a diferencia del placer– conduce a configurar un modo de subjetivación situado entre la distancia de sí mismo y la apertura al otro, el encierro finito de sí a la puntualidad de “mi dolor” sin reconciliación con otro; porque mientras el placer reconcilia, el dolor abre.

Florencia Benson le dedica su libro a los hombres malos a quienes les prestó su poesía, y cita para situarnos un poema de Emily Dickinson. Nos ubica en un volcán: un lugar de meditación, suelo seguro de un fuego que late debajo, casi imperceptible.

Así como las teorías del iceberg se utilizan para explicar la mentira en el lenguaje, la teoría del volcán que ensaya Benson, en tanto lo que muestra y lo que oculta, puede utilizarse como encuadre natural para mirar su ficción. Su escritura del yo –en la intersección entre la singularidad y la universalidad– explora la niñez, la inocencia y la pulsión de la posibilidad de contener el fuego en soledad. O no.

Una mujer guarda un volcán y es hija de la calle, sobrina de la astucia, inquilina de las garras de los angelados, de un dios, de una fuerza superior que nace del deseo. Una mujer es un montaje de caramelos negros, areneros y tierras de magos, y su deseo es una fuente de fuego debajo de tierra que la reviste. Ella, la tierra, es la interfaz de lo subjetivo a lo colectivo, lo singular a lo universal, el espacio en el que el yo poético se para y ejerce la palabra como ser de deseo y sujeto de derecho. Una mujer que ejerce su derecho a desear ser posible.

Con estilo sutil, de lo erótico a lo porno, Benson nos hace probar los sabores del cuerpo. El cuerpo es un terreno de disputa de poder en sus textos y la desnudez una construcción simbólica del yo –sus ruidos, sus gemidos, su respiración tenue y agitada, animálica y monstruosa– el cuerpo es esa bestia que se mueve en cada poema, pero no habla. Son las palabras de Benson las que traducen ese movimiento. Ese flujo tan líquido.

En Hombre pez, Flor dice: “Es tan hermosa tu cadencia / entre lo que decís y tus silencios”, y marca el ritmo de la obra como pausas previas a un orgasmo de épica urbana que construye, a su vez, una especie de purgatorio, un limbo desde el cual trasladarse de lo terrenal al trance, de lo material a lo simbólico, del cuerpo al lenguaje.

No hay (¿o sí?) rastros de una socióloga que habla del deseo. Hay categorías en juego y política puesta al servicio de la estética, de la función poética, nunca panfletaria. Hay ahí tierra fértil y un volcán que escarbar. Un camino huérfano antes de quemarse en el bautismo de un hijo del volcán.

¿Quién es el hijo del volcán?

Un subalterno de la tierra que es también un subamado, un desangelado, un negligido a punto de explotar. Carne y metáfora de hijo. Carne y metáfora de la voz que narra activa, solitaria, una tragedia inconsciente que le precede. O, como dice Flor, una tragedia Ready-made:

Amar es restar
sostener un ojo poético hacia el otro
ver el mármol como es
una deja de pulir
se aleja unos pasos
deslumbrante pieza natural
casi te arruino.

Los mártires que se acuestan en la cama de la hija del volcán son en su justa medida jeques y mendigos. Pequeños hombres malos. Pequeños hombres recios de brazos cruzados y piernas firmes y abiertas, como diciendo… algo. Hombres solitarios loopeados: padres, hijos, hermanos. Todos desbordan su pulsión sexual, su pulsión del mal en su justa medida. Todos las bordean y en las diásporas las hacen convivir por un tiempo. Todo en su justa medida también estalla.

Engendrar una galaxia, dice Flor. Eso es el deseo. Eso es el orgasmo. El cuerpo es un dispositivo de placer y resistencia al mismo tiempo, de goce y óxido. Lo que se enciende eventualmente se extingue, está condenado a la desdicha, tarde o temprano, a cubrirse de tierra hasta volver a latir en ciclos.

Mientras –en el durante– en los vórtices de recambio, el cuaderno de la autora le habla, le pide directamente a ella, por su nombre, que lo escriba. Que invente personajes, que invoque a los dioses y se conjugue en un cóctel de copas manchadas con labial, placebos y la mirada fija sobre los torpes comentarios de un amante en perfiles de Facebook. Lo mundano y lo catártico se funden para parir una dragona que bebe su propia lava frente a un príncipe atemorizado, pero sin dramatismo.

El silencio es un cuerpo. También es una copia, que puede ser mala o buena. Una composición. Un montaje. Un Frankie. Se construye identidad por asimilación, o negación y resistencia. El cuerpo es el terreno, el arenero, tierra de magos que esconde el fuego. Un volcán en silencio crece. El silencio es su cuerpo. Y de esas ruinas, nace el profeta, su Punto de vista:

Lo que nadie dijo
fue que Penélope
tejía y destejía
con hilos de la tierra
fibras de lava y roca
barro y musgo, así
la guerrera paciente
tramaba no una esperanza
sino un nido.

Tramamos un hogar fuera de nosotros mismos para habitarlo e incendiarlo cuantas veces sea necesario. Para volver a construir y deconstruir la acción como motor del deseo. Para avivar el fuego, dejarlo extinguirse y rastrearse en el proceso.

Un cuerpo es una gema que se desintegra y algo más ocupa su lugar: un gran mito que interpela nuestra época, un texto que grita en clave poética volver a las mitologías del cuerpo, a las narrativas del deseo, a pensarnos ancestralmente hijos del fuego, hijos del volcán yendo tras nuestros orgasmos.


Fotografías: Gonzalo Zuloaga



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Gonzalo Zuloaga. Gonzalo Zuloaga nació en La Plata, entre sus diagonales y universidades. En 2017 editó su primer poemario Predicciones del Año Kitsch con Peces de Ciudad. A este le siguió Hackers D.O.S, fanzine co-producido con Jule Gore e ilustrado por Clara Spaltro. Es columnista de la revista trenINSOMNE, escribe para la colectiva Extrañas Noches Literatura Visceral, y comparte poemas en su Facebook y en Ciudad Kitsch su blog personal. Fue ganador de Mención Especial por unanimidad en el Primer Certamen Nacional de Literatura (2016, Conurbana.cult) en la categoría poemario por su obra Resucitando Edipos, publicada en la colección Voces del Cono Sur. Algunos de sus textos fueron seleccionados para su publicación en la revista Monolito Arte y Cultura (Méjico) y las antologías Palabras en Flor (España), En el momento del caos y Al filo del remolino (Ediciones Frenéticos Danzantes, Argentina). Participa en recitales de poesía y conduce la sección #cóctelypoesía en el programa La Terraza por Radio Provincia FM 97.1. Notas de Gonzalo