El cuarto de Angélica

El cuarto de Angélica - Jimena Busefi



En el cuento “Las dos casas de Olivos”, de Silvina Ocampo, dos niñas de aspecto similar pero con vidas opuestas deciden intercambiar su ropa y su camino e insertarse, por unas horas, en la vida de la otra. Tras ese juego aparentemente inocente se esconde una distracción fatal. Ese descuido será el que las conducirá al desenlace de la historia. El relato tiene una atmósfera mágica y hasta podríamos decir maravillosa. Es realista. Pero cuenta con una irrupción de lo fantástico. En medio de un tema como la amistad y las desigualdades sociales, aparecen elementos dotados de un clima casi onírico: todo transcurre entre jardines arbolados, tormentas con rayos que iluminan las crines de un caballo blanco y ángeles guardianes custodiando la vida de la gente. ¿Puede una niña humilde ser rica por unas horas? ¿Puede una niña rica andar descalza por un camino de tierra y soportar los rigores de la pobreza? ¿Tendremos todos un ángel de la guarda que nos protege? Más de una vez hago estas preguntas a mis alumnos cuando doy el cuento en los colegios. Y más de una vez, también, pienso en él cuando releo alguna biografía de la hermana de la autora, la conocida Victoria Ocampo. Me gusta visitar las distintas casas de la directora de Sur (la de Mar del Plata o la de San Isidro) y quedarme en el jardín pensando, entre otras cosas, en este cuento de Silvina.

La primera vez que fui a Villa Ocampo, la casa de veraneo y después residencia permanente de Victoria, fue para conocer el lugar y hacer una visita guiada. Un chico joven contaba con entusiasmo la historia de la villa y mostraba las distintas habitaciones y salas del lugar. Una era más elegante y linda que la otra. Pero sólo un espacio de todos los que recorríamos me llamó la atención: fue el que estaba cerrado al público. La habitación de Angélica, dijo el guía sin saber que abría en mí una incógnita oscura, bella y literaria. ¿Quién había sido Angélica?, me pregunté. Me gustó saber que era la menos conocida de todas las Ocampo, la que pasó por este mundo a la sombra de sus hermanas, y la que acompañó a Victoria hasta el final. Es probable que la enigmática Angélica tuviera tanto talento como Silvina y Victoria aunque no haya trascendido como ellas. Tal vez a su vida le faltó la luz de esa estrella que sólo ilumina el destino de algunos elegidos y es el reconocimiento. La hermana de perfil bajo, la desconocida cuyo nombre resonaba en ecos en un cuarto cerrado, fue para mí el verdadero personaje del lugar. El living, la chimenea, la sala de estar, la biblioteca, la entrada para carruajes y el piano sólo eran parte de su escenografía. Hubiera querido escribir una crónica que se llamara “el cuarto o la sombra de Angélica”.

Años después, volví a Villa Ocampo para ver y abrir (aunque fuera sólo en mi imaginación) ese cuarto. Esta segunda vez no hice la visita guiada sino que caminé sola intentando percibir la energía del lugar, los aromas, el fuego que alguna vez habrá ardido en la chimenea y el crujir de los pisos en el silencio. Nadie hablaba de Angélica y el guía de aquella primera visita ya no estaba. Me senté a tomar un té en hebras en la mesa que está justo frente a la fuente del jardín (una fuente que, se dice, fue traída de Versailles) y dejé que transcurriera la tarde escuchando el canto de los pájaros y sintiendo la brisa del río. En esa casa que Victoria heredó en 1930 y redecoró con un estilo vanguardista, alguna vez estuvieron Camus, Tagore, Graham Green, Neruda y hasta el mismísimo García Lorca. Según la leyenda, el poeta corrió por todo el comedor cuando la apasionada Victoria (encandilada con los encantos del gitano) quiso llevárselo a la cama. Tal vez, Victoria Ocampo sea una de esas escritoras cuyo personaje supera su obra. Sabemos más de sus amistadas y de sus amores que de sus textos. Su fama de aristócrata culta y algo déspota es conocida por todos. La amiga de Lacan y Stravinski, entre tantos otros, murió en una habitación de la planta alta de esa mansión en la que vivió como una reina. Visitar el lugar nos hace habitar, por un rato, el universo de una mujer que marcó una época. En Villa Ocampo se respira arte y literatura, y se tiene la agradable sensación de que en cualquier momento puede aparecérsenos Rabindranath Tagore para invitarnos a caminar con él hasta el río.

Voy a volver, cada vez que pueda, a sentarme a esa mesa, frente a la fuente, para tomar un té o pedir una copa y mirar, al pasar, el cuarto cerrado de Angélica. A lo mejor pueda preguntarle si quiere que cambiemos, por unas horas, de ropa y de camino, y nos vayamos a galopar en un caballo blanco como el del cuento de su hermana.



Foto: la autora en la galería de Villa Ocampo.

Jimena Busefi. Nació en Bs.As. en octubre de 1971. Es docente y escritora. Alguna vez, publicó una novela, Contra el revés del cielo (Grupo Ediciones del Árbol, 2010) y alguna vez, también, se animó a escribir teatro (sus obras Ausencias y ¿Qué día es, Azucena? fueron representadas en dos festivales de Teatro X La Identidad). Obtuvo menciones de honor y premios en distintos concursos de cuentos y en el año 2016 el Tercer Premio a la Producción Literaria (Género Poesía) en los Concursos Anuales de Arte de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, reconocimiento que la impulsó a publicar su primer poemario, Filósofa con brushing, con Peces de Ciudad Ediciones. Notas de Jimena