Jams y Slams: poesía trans y oralidad, la palabra en juego

Jams y Slams: poesía trans y oralidad, la palabra en juego



"Poner la palabra en juego es democratizarla", sostiene Adriana Ceñal y su herramienta es el Slam. Qué es y cómo sacude a quienes se acercan nos lo cuenta en esta nota Gonzalo Zuloaga.

Entrevistar a alguien que admirás es movilizante. Conversé en vivo en la radio con Adriana Ceñal, Licenciada en Artes Visuales, artesana y diseñadora de joyería contemporánea, y además poeta. De slam. Así llegué a ella, en 2015, durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Estaba compitiendo por la copa, y salió campeona. Por knockout. Y uso las metáforas del boxeo porque hay lucha en el slam. Es como una “riña de gallos”, una disputa entre raperos, esa lógica de freestyle y microphone drop pero con poetas, aunque con algunas diferencias. En las “riñas de gallos” los raperos se van respondiendo al tiempo que van improvisando, por tanto, la obra se va creando en base a la tensión entre sus textos, hasta que uno de los dos, ¡bang! Da el batacazo efectista y se lleva la reacción de la audiencia, y el microphone drop, o tirar el micrófono y chau, como afirmando me voy, la rompí. De ahí sale el ganador. En los slams, los poetas también van por hacer explotar a la audiencia pero no improvisan ni se responden entre sí, sus textos funcionan independientemente. En ciertas ocasiones se sugiere un tópico, un leitmotiv, una imagen que nuclee las producciones. En otras, simplemente cada cual lee lo que quiere.

Uno de los aspectos más significativos de esta dinámica de recital de poesía es que la práctica configura un género en sí mismo. Pone a los escritores a crear para leer en voz alta. De entrada, el punto de vista es la diáspora: un tercer espacio en el que se intersecta lo textual y lo prosódico, la modalidad y el género, lo trans, lo narrativo en lo poético y lo poético en la canción, pero el proceso no termina ahí porque además combina el cuerpo: darle el tono, la pausa, las miradas, los gestos. Habitarlo. Eso es el slam. Habitar un cuerpo nuevo: inscribirse en un texto nuevo. Interpelar, hacer saltar a la gente de las sillas, aplaudir con o sin chasquidos, da igual. El juego es participar en la construcción de ese Frankie que disecciona la tradición y lo post, y provoca lo dramático, la respiración neuronal: el cuestionamiento, la mirada poética sobre el cotidiano. Conflicto y paz. Lo catártico. El slam es el nuevo post-teatro y Adriana Ceñal es una exponente de este movimiento emancipatorio de la poesía.

En un momento de nuestra charla hablamos de democratizar la palabra. “Poner la palabra en juego es democratizarla,” me dice, “y esa es la búsqueda del slam.” Hablamos de la solemnidad y del paso previo a democratizar: desacralizar. Desacralizar un texto es, a su vez, desacralizar el cuerpo en el que ese texto se inscribe, su modo de actuar, de pensar y vehiculizar ese pensamiento. Desacralizar el lenguaje es emanciparse y construir identidad porque somos en cuerpo y palabra. Por eso, desacralizar es la condición necesaria para democratizar. A esa conclusión llegamos y acto seguido lee su poema Patria falaz parte 2, y aclara “falaz: más por falo que por falacia”, y nos reímos. Y al respecto de desacralizar los textos y los cuerpos y las partes de nuestros cuerpos que han sido sacralizadas por demás, empieza a leer el poema y grita: “¡Pasen las conchas!”, trayendo a la vida a alguna mujer del pasado que le hablaba a unas niñas, que seguramente ella y todas alguna vez fueron, fuimos, no importa el género. Habla de parir umbrales, ruedas que se repiten una y otra vez, y todxs somos parte de ese ciclo interminable. Todxs venimos de umbrales y traemos historias incompletas, circulares, circundantes, que nos determinan en cuerpo y texto. “¡Pasen las conchas!”, parece que gritaba alguien, seguro una vieja que también seré yo y serás vos. Y después se funde en tres o cuatro momentos: la vida. Deseo y óxido. Una mujer a los 10, una mujer a los 20, una mujer a los 30, una mujer a los 40 frente al deseo, su óxido y el silencio como respuesta constante. Único eco.

Me conmueve escucharla. Es una piña que quiero recibir, que puedo bancar. Un masoquismo poético tan verdadero e incómodo que se vuelve adictivo y Adriana da, es dealer de eso y gana premios y menciones pero fundamentalmente sensibilidad. Traspasa dejando vientos primaverales después del conflicto. Catarsis en movimiento. Mientras, pienso que es un poco el google de la vida ponerse los anteojos de la poesía, esa sensación queda.





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Gonzalo Zuloaga. Gonzalo Zuloaga nació en La Plata, entre sus diagonales y universidades. En 2017 editó su primer poemario Predicciones del Año Kitsch con Peces de Ciudad. A este le siguió Hackers D.O.S, fanzine co-producido con Jule Gore e ilustrado por Clara Spaltro. Es columnista de la revista trenINSOMNE, escribe para la colectiva Extrañas Noches Literatura Visceral, y comparte poemas en su Facebook y en Ciudad Kitsch su blog personal. Fue ganador de Mención Especial por unanimidad en el Primer Certamen Nacional de Literatura (2016, Conurbana.cult) en la categoría poemario por su obra Resucitando Edipos, publicada en la colección Voces del Cono Sur. Algunos de sus textos fueron seleccionados para su publicación en la revista Monolito Arte y Cultura (Méjico) y las antologías Palabras en Flor (España), En el momento del caos y Al filo del remolino (Ediciones Frenéticos Danzantes, Argentina). Participa en recitales de poesía y conduce la sección #cóctelypoesía en el programa La Terraza por Radio Provincia FM 97.1. Notas de Gonzalo